Boxeadores-buleadores. Bengalas efímeras alumbradoras de burdeles. A un hermano paterno de Romeo, novel boxeador, lo abatieron en un burdel tuxtleco. Se desangró acuchillado. El puñal, recto de espléndida ejecución a las vísceras, lo libró de expectativas.
Boxeadores-boleadores (“Aseadores de calzado, reportero, no menosprecie la maestría”). “Cuesta trabajo creerlo, pero los grandes boxeadores, figuras de fama internacional que conquistaron campeonatos o estuvieron a punto de hacerlo, fueron víctimas de la ignorancia, los malos manejos de los managers, del alcoholismo y de la explotación, y para poder sobrevivir tuvieron que trabajar de ¡boleros! Ésta es una de las páginas más negras y al mismo tiempo más curiosas de la historia del boxeo mexicano: En 1959, Luis Spota habló con quien tenía que hablar y consiguió la autorización para que boxeadores retirados, los que estaban en muy malas condiciones, pudieran trabajar como boleros, con entrada “exclusiva” a las oficinas del D.F., a la Dirección General de Tránsito y a los Estudios Cinematográficos Churubusco”. Rafael Barradas.
Boxeadores-bolencones. Carne molida, sanguinolenta, masacrada de artillería. Niños perennes nacidos de noche, sin cordón umbilical.
Boxeadores-voceadores. Ángeles suburbanos condenados al limbo tras la canina persecución de la gloria. Cerebro tembloroso de flan, esqueleto de fierro, caparazón metálica, músculos galvanizados. Enciclopedias existenciales, cúbicas, ignorantes de la “o” por lo redondo. Jornaleros del morbo popular. Hematomas indelebles en la conciencia colectiva. Mascotas adiestradas de nuestras facetas perversas, cobardes, inconfesables. Mercenarios a destajo de la gente linda.