Después de doblegar y retirar del boxeo al pundonoroso Julio Guerrero, alias Barretero de Tula, como antes hiciera con Alfredo Pollo Meneses, Romeo defendió exitosamente su cetro nacional ante Salvador Carrillo, el Güero Papero, en Guadalajara.
En enero de 1973, sorprende a tirios y troyanos arrebatándole en sólo tres vueltas el fajin universal a Enrique Maravilla Pinder, monarca reconocido por la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), en su guarida centroamericana. Y calzando zapatillas ajenas: “Las que yo había encargado nunca llegaron. Mi sparring me prestó las suyas. Me quedaban grandes. Eran nuevas y en el primer round me la pasé resbalando como en pista de patinaje –recuerda Anaya-. En el descanso pedí brea y me la negaron. En el segundo seguía sin poder apoyar los golpes. Antes del tercero pido de nuevo la brea y vuelven a decirme: “No hay”. En eso veo que le arriman el cajón a Maravilla, atravieso el cuadrilátero, me lanzo en chinga a su esquina sin pensarlo. Sus auxiliares creyeron que lo iba a madrugar, pero no... simplemente me trepé a la caja y me unté brea que daba gusto. En cuanto pude sembrar las plantas en la lona, lo despaché. Me había preparado a conciencia, mes y medio en Popo Parck, alejado de las tentaciones, partiendo troncos con hacha, boxeando cinco asaltos diarios, dos con ligeros para desarrollar potencia y tres con moscas para adquirir velocidad”. Su bolsa fue de 10 mil dólares.