Ungido rey gallo del corral nacional por designio de sus puños graníticos, “empecé a ver más allá de las nubes –dice Romeo-. La misma gente del medio empujaba. Los personajes que me rodeaban tenía los contactos necesarios para subirme a un cuadrilátero con Chucho Veneno Pimentel, Rubén Púas Olivares, Chucho Castillo, pues yo había ascendido a esa categoría. Fuimos muy mimados todos, estábamos en el candelero, teníamos asesores y éramos fabriquitas de billetes. También nos teníamos miedo unos a otros, como en la banda de los cuarenta ladrones donde el más ingenuo podía madrugarle al más pintado. Hablo de recursos deportivos. En esa época dorada, quince de los mejores veinte gallos en el ranking mundial eran mexicanos. La mafia estaba dura, ya se comenzaba a sentir, no se tenía a la vista pero se desplazaba en las sombras, actuando y defendiendo sus intereses”.
El siguiente paso era incrustar a Romeo Anaya en las clasificaciones mundiales de La Asociación Mundial de Boxeo (AMB) o del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), máximas organizaciones rectoras del pugilismo en el orbe. Raquel Coutiño: “Conociendo las malas artes de Cristóbal Rosas, al amarrar el compromiso con Meneses, lo había hecho firmar tres opciones por cincuenta, setenta y cinco y cien mil pesos, respectivamente. Mi segunda carta jugada para entronizar a Romeo fue Néstor Babá Jiménez de Cartagena, Colombia, zurdísimo, negro, más difícil que el Pollo Meneses, aunque no tan apestoso. La pelea tuvo efecto en diciembre de 1972, en la plaza de toros San Roque, con una entrada regular, media plaza. Aunque no lo pudo noquear, ni siquiera derribar, Anaya le ganó una nítida decisión. Además, esa pelea le sirvió de mucho porque, durante los diez rounds, aguantó y supo descifrar situaciones difíciles ante el crucigrama planteado por Babá Jiménez.